He
visto muchos conciertos este año, quizás no tantos como hubiese querido. Muchos
buenísimos, especialmente los de sonidos más duros, con bandas como The Ex, Japandroids
o Mujeres pero también sonidos de la tierra como con Los Evangelistas con ese
Homenaje a Enrique Morente, o el rollo slow y penetrante Low, o los siempre
imperdibles entre los nacionales se agradece ver a Josele Santiago, Fernando
Alfaro (me perdí al estupendo Joaquín Pascual), The Right Ons, Bigott, Maria
Coma, Antònia Font, Mishima...Y me he
perdido conciertos de altura como Swans, Bon Iver, Jack White, Wilco… Pero este
ha sido mi concierto del año.
CUANDO
DOS SON UNO: LA COMPLICIDAD REDONDA
Lunes
10 de diciembre
Auditorio
Nacional de Música, Sala Sinfónica (Madrid)
Programa
I
Franz Schubert
(1797-1828)
Sonata
‘Arpeggione’ para violonchelo y piano en la menor, D. 821 (1824)
Allegro moderato
Adagio
Allegretto
Johannes Brahms
(1833-1897)
Tres
Intermezzi, op. 117 (1892)
Andante moderato
Andante ma non
troppo e con molta espressione
Andante con moto
II
Felix Mendelssohn
(1809-1847)
Romanza
sin palabras, op. 109 (1845)
Johannes Brahms
(1833-1897)
Sonata
para violonchelo y piano en mi menor, op. 38 (1866)
Allegro
ma non troppo
Cuando
dos virtuosos se juntan todas las cartas apuntan a que el resultado puede ser
sublime. Si a eso le sumamos el estilo particular de cada intérprete, la
emoción, la pasión que dota a su ejecución el resultado roza la excelencia, lo
magnífico. Y si, además, existe una combinación redonda, un lenguaje fluido,
una comunicación fresca entre ambos músicos entonces todo sale a pedir de boca.
La
velada del lunes pasado fue de esas que pasan a la categoría de antológica o
memorable. La pianista portuguesa Maria João Pires junto al violonchelista
brasileño Antonio Meneses ofrecieron un recital digno de ser ejemplo de la
combinación perfecta de un dúo y que supo ahondar en matices del programa
elegido. Schubert, Brahms y Mendelssohn hubiesen estado orgullosos de cómo su
obra puede ir más allá. Pires no tenía un excesivo protagonismo en el
repertorio, excepto en las obras sólo para piano las tres Intermezzos de Brahms,
de una delicia especial, un sentido Andante ma non troppo e con molta
espressione; y también en la Romanza sin palabras de Mendelssohn. Pires ponía
de manifiesto toda la delicadeza, la finura, el lado tierno, romántico,
ensoñador. Pires mimó en su interpretación, la proyección, el carácter mágico y
de estas piezas.
Las
dos piezas para violonchelo y piano: la sonata “Arpeggione” de Schubert y la
sonata en mi menor op. 38 de Brahms, mostraron un dúo donde todo fluye. Un
Meneses virtuoso, excelente en su ejecución, en su técnica, pero también en su
poder evocador. Eligieron un repertorio cargado de sentimiento, de nostalgia,
de magia, de leve melancolía, pero de un enamoramiento por la vida, y sobre
todo por la música.
Pires
y Meneses demostraron, en mi concierto del año dentro de todas las músicas
posibles que veo, que cuando dos piezas encajan forman una unidad indisoluble,
impoluta. Una unidad magna, que nos lleva por senderos gozosos. Que nos transmite
el porqué de lo fabuloso de la aventura del vivir y del sentir, y del gozar con
la música. Cuando eso ocurre, aparece la plenitud de los sentidos. Los músicos
y la música ‘culta’ que interpretan, baja a todos los estratos sociales y nos seduce
furtivamente. Y el estandarte de ‘élite’ se evapora, y la música clásica se
funde con la tierra, con los sentidos, con las emociones y circula por nuestras
autopistas del placer. Entonces, descubrimos que todo tiene un sentido:
respirar música y envolverse de ella para soportar las inclemencias de los
tiempos. Los tiempos clásicos nunca mueren, siempre nos enseñan los rastros,
los espejos del pasado.
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