martes, 15 de marzo de 2022

CINE / DOCUMENTAL / ESTRENOS Jane por Charlotte de Charlotte Gainsbourg

     




 

         Jane por Charlotte

         De Charlotte Gainsbourg

 

         El reencuentro: volver a casa    

 

         Por Andrés Castaño

 

       El cine tiene un poder creativo que va más allá de la imagen que genera, del recuerdo o de las asociaciones provocadas. Trasciende a la fugacidad y deja un rastro, una impresión aislada, un pensamiento incisivo, una secuencia recurrente. El documental brota entre palabras testimonios, fotografías en movimiento, historias y presentes. Hay documentales que traspasan el formato, siguiendo una estructura, atraviesan. Y este es el caso de Jane por Charlotte porque Cuando la gran pantalla muestra la grandeza del encuentro y de la admiración, las imágenes siguen su curso, bailan su propia coreografía y se encuentran con la verdad.

         Charlotte Gainsbourg ha conseguido con su documental retratar a su madre más allá de cómo lo hizo la gran Agnès Varda en “Jane B. por Agnès V.”. También porque la intención aquí era otra: mostrar a su madre, una persona con un carisma y una naturalidad espectaculares, para así acercarse a su madre, reencontrarse, volver al núcleo central que supone la familia. Y todo ello con su hija pequeña Alice Attal mediante, formando un bonito triángulo generacional. El documento no se queda en el envoltorio, en la revista del personaje público, sino que va a la raíz vital, al dolor de la pérdida de Kate Barry (hija de Jane Birkin y John Barry), a la vejez, a la importancia de Serge Gainsbourg. Charlotte filma y fotografía, aparece como conductora y como partícipe, y en esa implicación, indaga y sonsaca a su madre. Tiene algo de curativo, de sanador este documento que indagando en la historia personal, reconcilia, reubica, genera paz.

         En Jane por Charlotte hay viajes y giras, Japón, Nueva York: Birkin ha sido la gran embajadora de Gainsbourg por el mundo. Pero también aparece lo familiar, la casa bretona de Brest de Jane. La parte en la que ambas visitan a la casa de Gainsbourg es un torbellino de recuerdos y de imágenes cotidianas del genio musical. Es un auténtico museo, reflejo de una época y de un artista singular y sin igual. Pero también la casa de un solitario, que  busca compañía en los objetos y la calma frente a la persecución de la fama. Esos planos madre e hija, te reconcilian con las diferencias familiares, al final todo se basa en encajar, en encontrar tu sitio y en asimilar la pérdida, los baches. Es, de alguna manera, un documental catártico. Sentí en un primer momento que faltaba algo, el testimonio de Lou Doillon, u otra mirada. Pero días después me di cuenta de que tenía la medida justa, la cercanía ideal, la palabra adecuada, la imagen idónea. El documental muestra a la Jane: a una mujer encantadora, cercana, con sus luces y con alguna sombra. Y a Charlotte con su timidez pero su gran presencia,  curando heridas, sanando y congeniando con su madre. Momentos como Alice correteando con su cometa y Jane caminando por la playa, acompañados del testimonio confesional de Charlotte (con voz en off) iluminan la vida, conectan con lo humano.






 

jueves, 13 de enero de 2022

LITERATURA / ENTREVISTAS SARA MESA 2017 y 2021

 

SARA MESA

“La buena literatura toca la fibra”



Foto: MJ López Olmedo (c).
 

                 

            *PRÉAMBULO

Entrevisté en persona hace años a Sara Mesa, concretamente en junio de 2017, a raíz del taller literario 'Por Alusiones' que impartió en La Casa Encendida. Me había enterado tarde del taller para asistir como alumno pero me lo dijo alguien que sí asistió, mi buen amigo el periodista y realizador de documentales Óscar Falagán. Acudí como oyente a una de las sesiones y me gustó mucho las dinámicas que generaba con los alumnos, y las reflexiones que ocasionaba. Mi entrevista con Mesa en una pausa de la sesión fue muy agradable, creo que transmitía claves para entender más su obra y su manera de ubicarse en el mundo. Aquella entrevista quedó sin publicar. Por lo que la publicó aquí.

            En otoño de 2021, Mesa publicaba Perrita Country en la editorial Páginas de Espuma, una novela corta quizás de menor envergadura en su obra pero que me gustó por todo lo que enuncia de la convivencia con animales domésticos, por el desconocimiento y la frontera en la relación seres humanos-seres vivos. En esa ocasión le hice una entrevista con vistas a actualizar aquella entrevista inédita que me parecía interesante publicar. Desgraciadamente esta última entrevista fue por email. Quizás por mi premura y el habitual ritmo acelerado en el periodismo, por mi torpeza, por la frialdad de ese formato electrónico o por otras causas, la entrevista cojeaba.  Publico ambas entrevistas aquí, en mi blog, separadas y organizadas cronológicamente para conocer más a Sara Mesa.

           

Escribir es un acto de fe, un acto de vida. Que también implica un tránsito solitario. Con sus etapas, su fluidez o sus bloqueos. Un discurrir vital muy alejado de una visión romántica de la creación. Porque escribir es arriesgar, elegir un camino y recorrerlo a conciencia. En ese proceso camina Sara Mesa (Madrid, 1975). Que estudió periodismo, se licenció en filología hispana, fue profesora de lengua española y literatura (ahí está la semilla de su novela Cuatro por Cuatro, Anagrama, 2012), pero encontró que lo suyo es la escritura. Mesa cuenta con una escritura que ahonda en la herida, en los lugares tenebrosos del alma, en esos terrenos ocultos que no queremos ver, que queremos ocultar. Su estilo parece que busca el quiebro, el lugar de ruptura vital. Se adentra por la psicología humana de una forma sigilosa o fulminante. En el mundo online y las relaciones epistolares vía email en Cicatriz (Anagrama, 2015), en la relación entre una adolescente y una persona mayor en un parque en Cara de pan (Anagrama, 2018) o con una mujer traductora que se va a vivir sola al campo en  Un Amor (Anagrama, 2020), ésta última novela convenció a crítica y lectores, obteniendo el premio al mejor libro del año en numerosas publicaciones. También domina otros géneros, como los magníficos relatos de Mala letra (Anagrama, 2016) o el ensayo Silencio Administrativo (nuevos cuadernos Anagrama, 2019). Ahora Mesa vuelve con una novela corta, Perrita Country, editada el pasado mes de octubre por Páginas de Espuma, e ilustrada por el Premio Nacional de Ilustración Pablo Amargo. Una novela  que indaga en la convivencia con los animales: nos conduce por otro sendero, y vuelve a darnos otro quiebro. Conversamos con ella para entender más su nueva obra y su trayectoria.


“Me interesa la naturaleza humana y sus contradicciones, que son muchas”

 “Me interesa la naturaleza humana, sus giros extraños y anómalos, porque es lo que me hace mirar”


2017

¿De dónde le surge la necesidad de escribir?

Planteada así, pues quizás de pequeña. A la alemana Krista Wolf cuando le preguntan, siempre dice que aprendió a escribir de pequeña. Y esa necesidad de manera latente la llevas dentro. Lo que pasa es que yo empecé a escribir tarde, con 30 años. Y previamente había leído mucho pero no se me había pasado la idea de escribir. Con 30 años no es tarde. Hay gente que empieza mucho antes, demasiado pronto para mi gusto.

 

Una de las cosas más difíciles es tener una voz propia ¿Es algo que se hace o sale de una manera natural?

Creo que es algo natural. Algo que unas personas tienen, y otras no. La escritura, o el modo de expresión, es algo más propio en unas personas que en otras. No creo que haya nada malo en decir eso.

 

¿Considera que su prosa representa la crudeza?

No lo rehúyo, lo busco. Lo que pasa es que cada vez lo estoy buscando más en lo cotidiano. Estoy tratando de quitarme cierta mirada efectista, golpes de efecto, o forzar esa parte de la narrativa que lleva hacia lo cruel, lo grotesco o lo sórdido. Y lo veo más en lo cotidiano. Pero lo cotidiano aparece entremezclando con muchas otras cosas. Me gusta esa mezcla. Eso es muy difícil de llevarlo a la escritura. Digamos que ese es mi reto. Yo no sé si eso está conseguido en mi prosa, o si representa algo… representar algo es como si ya hubiera algo, y eso es un espejo.

Hay una parte de mi escritura y de cualquier otra, que es de creación. Con los materiales de la vida creas otra cosa. No solamente representar la crudeza de la vida o de lo cotidiano.

 

En relación con la crudeza ¿Cree que el mundo creativo es demasiado amable o benévolo?

Creo que lo que define a la buena literatura no es en sí que incomode al lector, pero sí que le toque la fibra sea de una manera o de otra, e incomodando en muchísimos casos. Haciendo parte al lector de esa historia. Incluso aunque sea ciencia ficción, porque habla de los miedos de ahora. Y un buen libro de ciencia te está tocando de cerca… Todo lo que te toque. Que leer sea una experiencia. Como la gran mayoría de los libros que yo leo son así, me da la sensación que la literatura en general hace eso. Pero si entendemos en grandes números y en grandes movimientos comerciales, imagino que lo que se lleva es lo contrario, claro.

La gente quiere un amigo para meterse en la cama, y un buen libro que no dé problemas, que te ayude en la vida. Para pasar el rato. La evasión también. Hay muchos libros que duele leerlos. Yo ahora mismo estoy leyendo a Lionel Shriver, la escritora americana, la que escribió Tenemos que hablar de Kevin, que fue su libro más conocido. Sus libros los lees y no pasas indemne por ellos, porque son libros que te están hablando de ti, de la peor parte de ti, probablemente. Y uno no quiere leer ciertas cosas…


“Lo importante es ser auténtico, mirar hacia adentro y escribir de temas que nos preocupen o nos toquen”


Siempre ha habido muy buenas narradoras, escritoras ¿Cree que ahora se les da mayor visibilidad, más voz?

Sí, sin duda. Desde luego hay mucha gente muy buena. Es innegable la calidad. Ha llegado un momento de cambio. Ese territorio estaba mayoritariamente copado por hombres, y la presencia de la mujer era marginal, era casi siempre la anécdota. Uno pensaba en un escritor, y pensaba en un hombre. Creo que eso ha ido cambiando. Hay más permeabilidad y lo interesante es que los hombres piensen que los libros que escriben las mujeres también pueden interesarles a ellos. Que las mujeres no sólo escribimos de nuestras cositas, que parece que esa es la sensación.

Me preocupa que se piense que ahora mismo es bueno ser mujer escritora, porque está de moda y todo eso. Me preocupa el término “está de moda”, porque cuando una cosa está de moda, deja de estarlo.

Tú ves los manuales de bachillerato de secundaria y verás que te hablan mayoritariamente de autores hombres. Eso sigue siendo así todavía. Cuando lo decimos, todavía hay gente que dice que somos unas histéricas. Cuando hablamos de los autores de los 70 se sigue hablando de Javier Marías, de Eduardo Mendoza, y no nombran a Ana María Matute, ni a Carmen Martín Gaite… Es increíble. Y son mejores, aunque les pese. Todavía hay mucho que hacer. Sobre todo en el mundo universitario. Creo que los lectores van por delante de la universidad, y de la crítica.

 

¿De esas primeras novelas hacia dónde ha derivado su escritura? Ha cambiado, y sigue derivando hacia algo, y no sé muy bien hacia dónde. No está parada, está avanzando.

 

¿Cómo definiría aquella escritura inicial?

Pues al ser más inmadura era una escritura más excesiva. Había cosas que me desbordaban. Era más extravagante y estrafalaria. Ahora intento buscar todo eso, pero en la normalidad. Y eso estilísticamente también se nota. Confío en el lenguaje, entonces me gusta usar las palabras normales. Y para mí el reto está en la construcción de la historia, en los puntos de vista, en las estructuras, en esos vaivenes internos que muchas veces no son visibles. Y no tanto en el lenguaje, o en cierta acumulación, o en la creación de efectos.  Eso sí que lo he depurado mucho.

Luego también he ido cogiendo confianza y uso menos la alegoría. Al principio usaba escenarios más alegóricos, simbólicos, para hablar de cosas que me inquietaban. Porque la creación de una alegoría o de un símbolo es como una coraza que te protege. Cuando eso lo quitas y estás hablando ya de personajes reales, que incluso el lector puede pensar ¿será ella?, ¿le habrá pasado a ella? Ahí te tiras a la piscina, te haces más vulnerable. Y eso es una cosa que a mí antes me daba mucho miedo, y ahora no me preocupa.


 “La gente quiere un amigo para meterse en la cama, y un buen libro que no dé problemas, que te ayude en la vida. Para pasar el rato” 


Foto: Sonia Fraga (c).


Así crea una sensación de cercanía con el lector, no por ello es más simple. Jugar con estructuras que sean más accesibles, no quiere decir que su prosa sea más sencilla.

Para nada. Luego los temas siempre han sido más o menos los mismos. Me interesa la naturaleza humana, y sus contradicciones, que son muchas. Y el ser humano, que es fascinante.

 

Y, ¿qué cree que hace que algo pueda salir más o menos logrado?

Yo creo, resumiendo y generalizando mucho, que lo importante es ser auténtico. No intentar impresionar al lector (sorprenderlo o ser más original que nadie). Cuando uno escribe uno debería olvidarse de que tienen un lector, de que va a mantener a un lector. En lugar de mirar hacia fuera, es más importante mirar hacia dentro, e intentar escribir algo auténtico incluso de temas que a nosotros nos preocupen y nos toquen. Y normalmente eso hace que el texto sea mejor casi siempre.

 

Al final te empapas de la realidad que te preocupa, y te inquieta. Su prosa es dura imagino que por las circunstancias socioeconómicas que estamos viviendo en este país ¿no?

Sí, no puedes escapar a tu entorno tampoco. Normalmente, comprendo que la vida está hecha de muchos ingredientes, unos más luminosos y otros más oscuros. Pero yo escribo sobre lo que me inquieta. Y lo que me inquieta normalmente es lo oscuro. No es que sea una pesimista. De hecho, intento no serlo. Pero claro no sé escribir sobre lo que va bien. Sé escribir sobre lo que va mal. Y después lo que te he dicho, me interesa la naturaleza humana, si veo una persona que de pronto tiene un giro en su comportamiento que lo hace extraño o anómalo, me interesa escribir sobre eso porque es lo que me hace mirar.

 




2021

Perrita Country muestra algo que ya mostraba en Un amor, el mundo de la convivencia con los animales ¿Considera que relacionarse con animales es otra manera esencial de relacionarse con la vida, o presenta otras implicaciones?

Los animales, más allá de las mascotas, están ahí, es imposible relacionarnos con la vida sin considerarlos de algún modo. Yo quería hablar en este libro del misterio de esta relación, de lo poco que sabemos de ellos.

 

¿Esa complicidad con lo animal nos hace otro tipo de seres vivos?

En relación con lo anterior, me cuesta hablar de complicidad, no podemos ser cómplices ni amigos de los animales porque no tenemos ni idea de qué piensan de nosotros. Podemos, eso sí, observarlos, respetarlos y admirar su belleza.

 

Su posicionamiento por los animales domésticos permanece dentro de la ficción ¿Las relaciones con seres vivos nos aportan, mucho más allá de una imagen psicoanalítica de sustituto del hijo, o de la pareja?

No creo en esa imagen psicoanalítica, eso de que los animales sustituyen a humanos es, en mi opinión, absurdo, y solo sirve para ridiculizar a quienes los aman.

 

También aparece en Perrita Country la soledad como elección personal ¿Cree que existe una fuerte presión social contra la gente que elige vivir sola?

No lo considero soledad. Es una mujer que en ese momento de su vida vive con sus animales, pero no está sola. El libro se centra en la observación del presente. No es ni un alegato de la soledad ni una crítica a ella.


 “Perrita Country es un libro distinto en tono y forma de los anteriores, pero creo que mantiene mi visión del mundo”

 

Perrita Country transita por otros lugares. No noquea e incomoda como algunas de sus obras anteriores. Me parece un libro de sosiego, de asentamiento con el mundo y con el entorno ¿Abre una nueva senda en su obra?

No lo sé. Es un libro distinto en tono y forma a mi escritura anterior, pero creo que mantiene mi visión del mundo. No sé cómo evolucionará el resto de mi obra.

 

En la feria del libro me dijo que fue demasiado intensa la promo de Un amor ¿Cree que su novela más dura e incómoda que ha escrito? ¿Por qué?

No, en absoluto, pero es la que más se ha leído y comentado, y yo he acabado un poco cansada de ella.

 

¿Está es su primera experiencia de poner imágenes / ilustraciones a tu narrativa? ¿Cómo ha resultado la experiencia? ¿Cree que se complementan, que se funden?

No es la primera, hace ya muchos años publiqué un librito, La sobriedad del galápago, que llevaba ilustraciones de Mimi González. Pero esto es muy diferente. La historia no se ilustra, no se representa. Las ilustraciones de Pablo Amargo parten de la abstracción y la sugerencia. Son dos caminos paralelos: avanzan en la misma dirección pero no se tocan.


 

 

 

martes, 7 de diciembre de 2021

TEATRO / CRÍTICA TEREBRANTE de Angélica Lidell


Fotos: Julio Gallegos (c).

      

TEREBRANTE

Texto, dirección, espacio y vestuario: Angélica Lidell.

Intérpretes: Angélica Lidell, con la participación de Saité Ye, Gumersindo Puche y Palestina de los Reyes.

         Teatro Auditorio San Lorenzo del Escorial

         Domingo 28 de noviembre de 2022

        

         EL DOLOR COMO REVULSIVO

 

         Por Andrés Castaño

 

         Angélica Lidell hace años que vuela libre y a su aire, creando desde donde le sale de los ovarios. Generando su propio recorrido sin aspavientos, elaborando una magia escénica con toda su sustancia. En esa trayectoria, el ejercicio de esa libertad le lleva a buscar en los márgenes de lo escénico, a provocar al espectador, a jugar al impacto, a salirse de lo establecido y jugar con un imaginario rico en representaciones. Gusta e impacta, conmoviendo y enmudece allí por donde pasa. Signo de ello es que este montaje es una buena coproducción del festival Temporada Alta, el CDN Orléans / Centre Val de Loire, ERT Emilia Romagna Teatro Fondazione e IAQUINANDI.

         Terebrante se mueve en la acción, en lo iconográfico, en el mundo de las pulsiones y de los placeres dionisiacos, en el poder del inconsciente más mordaz y arrebatador. El foco no está en lo textual. Solo cuenta con unos breves textos, proyectados en la pantalla del fondo del escenario, escritos a raíz de declaraciones de Manuel de los Santos Pastor, El Agujetas. Buscando las causas, la raíz del flamenco en el dolor, en todo ese quejío que surge de lo vivido, de lo llorado, de lo dolido, de lo jodido. La creación tiene ese texto inicial seguido de un momento glorioso con la Lidell poniéndose unos zapatos y taconeando con las bragas bajadas. En una especie de coña cómica, prueba de fuego para no romper la lencería. Luego fuma en escena, y prolonga ese fumar al culo y al coño. No hay filtros, no hay límites. Lidell en su salsa, a su bola.



         Luego conjuga una imaginería nutrida, de corte iconoclasta, que exhibe cierta sorna y burla, donde angelitos, una bandera con un parecido a la Palestina y el revuelco de la propia Lidell en la bandera, guitarras, cuelgan sobre la escena o se estampan. Podríamos decir que Lidell roza el surrealismo o simplemente que lo atrapa por momentos. Su poder escénico es indudable. Aunque no sea vea un hilo conductor, está la causa del flamenco, la raíz de la seguiriya, por lo que tiene de oscuro y trágico. Hay algunos paralelismos con El Agujetas, aparece en escena una mujer oriental, el cantaor tenía una mujer japonesa; el cantaor también empinaba el codo de una manera excesiva, Lidell se vierte botellas y botellas de vino, cerveza y destilados, dándole algún lingotazo entre litro y litro que corre por su cuerpo. Exuda excesos, sin contención, queriendo atrapar esa esencia de la causa, de la creación. Sorprende ese momento de quietud barroca con un contratenor sentado, cantando divinamente, como arropado por ella ¿Mística ante la decadencia? ¿Belleza y barbarie al mismo tiempo?

         Con Lidell la estrategia es dejarse llevar, sorprender, impactar. No tiene mucho sentido buscar una lógica lineal. La provocación en ella reside en la interpretación del acto en sí, ella se ubica al margen del eje decoroso / indecoroso. Su juego consiste en saltarse las normas, en epatar, impactar más allá de lo que sea correcto o no. Sale a la vista su espíritu punk, su capacidad para estirar la representación y darle una vuelta a lo explícito, llevarlo a lo extremo, a lo excesivo, a la reiteración, a lo explosivo. En ese recurrir a imágenes concisas y precisas, repetirlas y coreografiarlas, exponerlas de una manera clara, hay una intencionalidad, desde luego, pero el espectador no llega siempre a desvelarla. El final es una orgía dionisiaca, un chorreo de alcohol, un estallar etílico, con un pequeña altar al cante, silla, flores mediante. Todo ello converge en un momento fin de fiesta por todo lo alto bailando Blondie, y luego con un bis del “Laberinto de Amor” de Camela no puede ser más de feria. Terenebrante, como una mezcla entre lo tenebroso del alma y el quebranto, el dolor más hondo. Vida vivida hasta el límite.








viernes, 22 de octubre de 2021

CINE / CRÍTICA / QUIEN LO IMPIDE de Jonás Trueba

 




 

         LA JUVENTUD COMO REVOLUCIÓN

 

         Quién lo impide es una canción del músico donostiarra Rafael Berrio. En el que habla de un/a quinceañero/a y de toda esa energía para comerse el mundo. De viajes y caminos posible. Es una canción cargada de posibilidades. Quién lo impide también es la última película (documental) de Jonás Trueba, basada en una inmersión en un grupo de adolescentes hasta que cumplen 18 años, votan y atraviesan una pandemia. Parte de varios proyectos, Tú también lo has vivido, Sólo somos, Si vamos 28, volvemos 28 y Principantes anteriores estrenados en 2018. De los talleres de cine que Trueba ha hecho con chavales. Aunque la semilla también estaba en La Reconquista (2016), pero ahí el foco estaba en la ensoñación, lo idílico y lo nostálgico y desde la ficción. Trueba lo presenta como “cine inmersivo en la vida adolescente”. Una manera de aproximarse de cerca a esa época tan reveladora, cambiante y definitiva de hacerse mayor, de tomar dimensiones del mundo, de la realidad, cómo enfocar los sueños y comenzar a tomar decisiones. Sólo por esa ambición el proyecto ya merece la pena. Y los resultados no sólo son logrados sino que además consigue una mirada única, honesta de esa transición, de ese hacerse mayor.

Así a priori una película de tres horas y cuarenta minutos tira para atrás. Pero cuando la creación es reveladora, como es aquí el caso, el metraje lo vale. Tiene dos pausas de 5 minutos, que sirven para ir al baño o procesar todo el contenido visto. La película ya ha sido premiada en el festival de San Sebastián, con el premio Feroz a la mejor película y un premio al mejor actor de reparto. Quién lo impide es también un homenaje a Rafael Berrio, fallecido en marzo de 2020, que aparece en el metraje con una cara de cierta satisfacción y emocionado cuando los chicos hacen una versión de su canción que da título a la película, llevada a un punto punk, un día de conciertos en Matadero.



Candela en una escena en el Metro de Madrid, volviendo de una fiesta en casa de Pablo, escuchando la versión acústica de Quién lo impide de Berrio.


Silvio y Candela cantando la versión de Quién lo impide en Matadero.


Rafael Berrio escuchando la versión de su canción.

El mayor logro de Trueba es que su curiosidad, su lado niño que reconoce en pantalla, empuja a que los chavales y las chavalas se explayen. Aunque su presencia está ahí, consigue mostrar caras desconocidas de la juventud. Logra sincerarse y esos jóvenes abran su mundo. Todo se desarrolla a raíz de unos personajes con los que te familiarizas, a los que descubres y ves evolucionar en tiempo real. Candela Recio posee una fuerza, es una líder indiscutible y tiene una capacidad para conectar increíble. Pablo, desde su carácter introvertido y reservado, aporta otro perfil. Silvio y otro Pablo presentan un lado más rebelde, musical y  contestatario. Las conversaciones entre los chavales suenan cercanas, no impostadas ni forzadas. Aparecen situaciones de mediación frente al bullying. Hay charlas en clase, y luego un seguimiento de sus andanzas, sus primeras fiestas en casa de amigos, su viaje de fin de estudios, la soledad en el dormitorio. Descubrimos una juventud concienciada, que se cuestiona, que se piensa, se expresa y sobre todo que se aísla, se siente, se habla y se comunica. La juventud no sólo son los descerebrados que hacen botellones y no piensan en la expansión de la covid19, tal como retratan los medios de comunicación. Y esa imagen del porvenir queda ahí en suspenso. La incógnita del que vendrá, de las elecciones, de los cambios. Trueba alcanza una poética sincera y fiel de esa juventud, sin querer buscarla intencionadamente. Si La Virgen de Agosto me cautivó por ese retrato de las crisis existenciales y un retrato más del centro histórico de Madrid. Quién lo impide supone un logro más (y mayor) en su carrera. Una película que nos acerca como sociedad, y descubre otros ángulos humanos. Un acierto total.



Marta votando en las elecciones de 2019.



Tráiler de la película.


jueves, 21 de octubre de 2021

DANZA / Crítica / PROVISIONAL DANZA




Fotos: David Ruiz (c).


         PROVISIONAL DANZA

 

         El baile como signo vital

 

       El domingo 10 de octubre, quinto y último día de representación del estreno absoluto de la última coreografía de Provisional Danza, asistí a la Sala Verde de los Teatros del Canal. Todo lo bueno ocurre en silencio es una coreografía inspirada en la película Días de Radio de Woody Allen, incorporando audios de la película a modo de situacionismo, de acompañamiento argumental. Todo parte de una sala de fiestas después de una Nochevieja. Carmen Werner aparece sola, como desubicada, entre restos de confeti, copas y mesas vacías. Las soledad como punto de partida.

En esta coreografía conjuga solos, con momentos de dúos o de quinteto. El cuerpo habla de soledades, de enfados, de desencuentros, de hallazgos y de encajes. Es una coreografía que vuela entre copas, humos, soledad y una resaca de fiesta que va más allá. Que explora los márgenes, las ausencias, las posibilidades escénicas de imágenes, sonidos, con la música original de Luis Martínez.

Werner con más de 25 años al frente de Provisional Danza se reinventa en cada paso. Estira las técnicas (Limón, Release, etcétera) y modos de entender la escena, la interacción del teatro, de lo textual con lo orgánico de la danza. Aquí el texto son los audios de la película de Allen. El acento reside en lo gestual, en lo situacional, en el movimiento y el poder corográfico. Werner indaga en la condición humana, en el paso del tiempo, en la soledad, en lo colectivo, en el encuentro y en lo festivo, en el dolor y en el duelo. Transita en ese eje Ausencia-Presencia, como en el de Consciente-Inconsciente. Sus coreografías dibujan esos pequeños movimientos que brotan desde dentro y salen hacia fuera poco a poco, en en manada. Pero también se explaya en lo externo. Florece el ser desde la soledad, desde el soliloquio, al diálogo grupal, al compadreo, a la gresca.

En esta ocasión salta de la habitual sala en sus estrenos, La Cuarta Pared, a Teatros del Canal. Nos encanta la alquimia de La Cuarta Pared, pero alabamos este salto porque implica reconocimiento.  El públic, atento a su carrea, acude en buen número a este último pase de Todo lo bueno…  Luego los cuatro bailarines que le acompañan desde hace años demuestran una conexión con su estilo (todos están inmensos pero mi mención especial es para Tatiana Chorot): versatilidad, poder escénico, capacidad de transmisión de ánimos. Y la captura del baile. Ese baile a veces lento, sosegado, al detalle. Hasta la explosión, el arrebato.

Salí de ver la pieza con el cuerpo y el alma recargados, de energía, de introspección, de un profundo diálogo interior de esos que ayudan a superar los avatares vitales. Eso es fruto de que la creación poseía sustancia. Tienen que ver Todo lo bueno ocurre en silencio porque es danza viva, porque es una manera de estar en el mundo, de encontrarse. De dialogar con el público, para que éste mire a sus adentros, escuche, se mueva y contemple el proceso. Es bueno, es danza, es dinamismo. Es el silencio que nos habla para que sigamos girando la rueda de la vida.


Próximos espectáculos de Provisional danza:
- La miel, TNT Sevilla viernes 29 de octubre y sábado 30 de octubre.
- Todo lo bueno ocurre en silencio, Teatro de la Estación, Zaragoza, sábado 6 y domingo 7 de noviembre.

viernes, 1 de octubre de 2021

CINE/ RESEÑA MAIXABEL de Icíar Bollaín

 





SANAR A LOS VIVOS. REPARAR A LOS MUERTOS.

        

MAIXABEL

De Icíar Bollaín

Guión de Isa Campo e Icíar Bollaín

Fotografía de Javier Agirre

Con Blanca Portillo, Luis Tosar, María Cerezuela y Urko Olazábal entre otros

           

           Antecedentes

He de decir que antes de acudir al cine a ver Maixabel, la nueva película de Icíar Bollaín, ya conocía la historia del asesinato de Juan Mari Jáuregui, y la de su mujer Maixabel Lasa y el terrorista Etxezarreta, que participó en el asesinato de Jáuregui. Fue gracias a la serie documental ‘ETA, el final del silencio’ de Jon Sistiaga, de siete episodios. Una serie de gran factura y enorme calado social, que ahonda en el conflicto terrorista con buena documentación histórica, amplitud de personas implicadas y estructurada desde diversos ángulos. En su primer capítulo, Zubiak, puentes en castellano, aparecía Maixabel Lasa comiendo en su sociedad gastronómica con Ibon Etxezarreta, uno de los etarras que participó en el asesinato de su marido. La historia de Maixabel, de querer conversar con terroristas, conmueve, porque supone un avance enorme de sanar: explicarse, hablar, comunicar el dolor, dejar la rabia a un lado y que brote la compasión, el perdón.

Luego esta una cuestión espinosa, abordar un tema que ha sido tan sangrante y tan doloroso para la sociedad española, pero sobre todo para la vasca, es jugar con dinamita: a la mínima todo puede saltar por los aires, caer en el perogrullo, en lo posición oficial, dominante y acusadora o en lo lacrimógeno. Por eso propuestas como la serie de Sistiaga son de alabar. No se disfraza la realidad, se muestra tal cómo era, y se traza con bisturí el corte irreparable.           

Antes de ver Maixabel me había abierto el apetito esta reseña de Marta Medina en El Confidencial. Luego está un hecho consistente, y es que considero a Icíar Bollaín una de las grandes directoras de cine de nuestro país. La entrevisté para ABC cuando estrenó El Olivo y me convenció su discurso, sus premisas visuales y su cine siempre posicionado en mostrar otros ángulos, en visibilizar cuestiones capitales.






Sanar

Con todos esos precedentes de su parte, y el buen hacer de Bollaín resumo diciendo que Maixabel me gustó mucho. Porque busca sanar. Quiere restituir el dolor ahí adherido, por sentimientos que reparan, que sanan y liberan. La película busca las aristas. Porque a pesar de ser una película de dolor, de desgarro, de lágrima. No se queda ni se regodea en el efectismo. Un guión construido mano a mano junto a Isa Campo que les habrá producido muchos quebraderos de cabeza. Pero donde los diálogos son ágiles, no buscan el efectismo fácil y ahondan en la trascendencia de los actos decisivos, de los cambios que consiguen hacernos avanzar.

El reparto es de auténtico lujo con una Blanca Portillo pletórica, soportando y equilibrando la tensión vital de su personaje, Maixabel. Un Luis Tosar, en el papel de terrorista Etxezarreta, que capta el punto tosco de la personalidad abertzale, pero que evoluciona hacia otro lugar de autocrítica y de cuestionamiento. También merecen mención especial María Cerezuela y Urko Olazábal, y el resto del reparto.

La fotografía de Javier Agirre imprime esa atmósfera agobiante, esa tensión, atemperada con esos paisajes vascos de naturaleza en estado puro, del portento natural de los montes vascos y el contraste con las zonas urbanas e industriales. Paisajes portentosos, y pasados por agua. Logros como ese cambio de plano de la lluvia en los cristales de un coche, y de las lágrimas de Maixabel dentro del coche.

En definitiva una película de enorme factura que pretende curar heridas y cicatrizar el dolor. Anima a poder expresarse para reconciliarse, para que surja la compasión, el acompañamiento y el perdón. Y así, de esa manera crecer hacia otra sociedad donde la convivencia ilumine el horizonte.




martes, 15 de junio de 2021

OPINIÓN / MÚSICA El nuevo latido de la música clásica

 






El nuevo latido de la música clásica

 

La música clásica rejuvenece en manos de jóvenes intérpretes, de pianistas como Daniil Trifonov o Igor Levit. Es un género que posee un enorme valor histórico y musical. Un lavado de cara, dejar de lado el rollo estirado de sus formas y conectar con nuevas audiencias le permitiría un resurgir necesario.

           

            Por Andrés Castaño

           

La noche del pasado martes el concierto de Igor Levit dentro del ciclo de pianistas de la revista Scherzo me devolvió alguna esperanza en un nuevo renacer de la música clásica. No en las obras y compositores, que son clásicos y sus obras datan de siglos, excepto en el caso de la música clásica contemporánea, más vanguardista y por ello más compleja e inaccesible a todo tipo de públicos. Pero sí en cuanto a la conexión de los intérpretes con el público. Y su función de acercar la música a nuevos públicos.

Igor Levit ofreció un concierto sublime interpretando las tres últimas sonatas para piano de Ludvig van Beethoven de manera impecable en técnica y desbordante en pasión y emoción. Incorporando las maneras de la música popular: cierto histrionismo, gestos, algún zapateo, y mucha expresividad que se agradece en un mundo bastante hierático, poco dado a sobre gestos, a exageraciones, por pudor o por mantener las formas. Igor Levit representa, entre otros jóvenes pianistas un soplo de aire fresco, una esperanza. Gracias a la invitación de mi madre pude disfrutar de semejante espectáculo de primer orden, y también le agradezco su capacidad para  sorprenderse con novedades, como la que aporta Igor Levit.

La música clásica hace tiempo que permanece en la ortodoxia. En lo canónico. Pero de pronto parece que se abre la puerta a la esperanza, al cambio. Esa nueva brisa, sopla bajo los aires de una nueva generación de músicos. El primero quizás fue James Rhodes (46 años), con el impacto mediático que supuso, y del que valoro su coraje para escribir Instrumental, su pasión y su manera de divulgar la música clásica entre el gran público ya fuese mediante sus conciertos, introduciendo cada pieza que interpreta, con sus columnas en la prensa escrita o en televisión. Aparte de su posicionamiento y movilización contra el abuso infantil. No es casualidad que Rhodes también fuera de los que aplaudieran y se levantaran para alabar la maestría de Levit en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música.

He visto en este 2021 en directo a dos pianistas de menos de 35 años, el ruso Daniil Trifonov (30 años) y Igor Levit (34), nacido en Rusia pero nacionalizado alemán, suponen un revulsivo y una brizna de aire fresco al anquilosado aire de la música clásica, repleta de tótems, de intocables, de muchas imposturas y de unos dogmas férreos que impiden una mayor amplificación.

Mi amiga Andrea Farré, melómana de pro de música popular, y desde hace años de música clásica, me decía que la música clásica tiene tanta fuerza para disfrutarla tal cual. Sin necesidad de acercarse por ese nuevo clasicismo, de fusiones con la electrónica, que encumbraron pianistas como Ólafur Arnalds, Peter Broderick, Max Richter, John Hopkins o Dustin O’Halloran, o de la española Marta Cascales Alimbau, entre muchos otros. En ese nuevo clasicismo que dibujó tan bien el periodista Javier Blánquez en su libro digital Una invasión silenciosa. Cómo los autodidactas del pop han conquistado el espacio de la música clásica, editado por Capitán Swing en 2014.

Resulta que frente a tendencias más contemporáneas, la clásica puede conectar con nuevas audiencias si se busca esa historia, si se muestra el lado más didáctico, cercano, inmediato pero sublime de las obras. Y luego se profundiza en el más complejo de obras y compositores. Si los intérpretes se acercan al público fuera de esa aureola de postín, de carácter impoluto y sagrado. La música clásica es sacra, sí, pero también no es puro intelecto. También se disfruta con los sentidos y llega de manera primaria al oyente. Ahí es donde pianistas como Trifonov, Levit, Rhodes, María Linares (20 años), Mar Valor (21 años), o Javier Perianes (42 años) conectan con nuevas audiencias por cercanía, por adoptar las maneras del concierto de música popular, con el respeto del silencio, sí, pero adoptando formas más distendidas fuera del hermetismo del entorno clásico. El futuro está ahí, y también suena clásico.